domingo, 7 de octubre de 2012

Niño Jesús dormido sobre la cruz y la calavera (1)

El Niño Jesús yace desnudo, con la cabeza sobre una calavera y una pequeña cruz arbórea sobre el suelo. Tendido sobre su espalda, gira el torso, en leve escorzo, al mover el brazo izquierdo para tomar la cruz, mientras queda el brazo derecho como apoyo entre su cabeza y el pelado cráneo. Centra la atención los ojos cerrados del Niño, con expresión de tristeza y angustia por el sueño premonitor de la pasión redentora. Desde el punto de vista estilístico, la figura nos remite a las obras de los seguidores de Martínez Montañés y Juan de Mesa, por el modo de tratar el pelo en voluminosos rizos, formando el conocido tupé sobre la frente. La anatomía es blanda y delicada, conforme a la infantil edad, aunque la esbeltez y excesivo alargamiento de las extremidades inferiores resultan desproporcionados en relación con el torso, brazos y manos.

El tema, enormemente popularizado en la pintura barroca, tiene sus raíces en las reflexiones estoicas de la brevedad de la vida, personificando en un niño moribundo la corta distancia entre el comienzo y el fin de la vida. El tema es asumido por la iconografía cristiana, interpretándolo a lo divino. El niño que personifica la brevedad de la vida, hundido ya en la muerte, es el Niño Jesús, que nace para morir, y, en su infantil edad, tiene conciencia del fin redentor de su nacimiento y de su futura muerte. La calavera se convierte en una directa referencia al monte Calvario y al paralelismo entre el viejo y el nuevo Adán. A mediados del siglo XVII, el tema ya está presente en la escultura, con la bendición de los tratadistas de iconografía. El P. Interian de Ayala comentaba que, cuando “le pintan durmiendo sobre la cruz, poniéndole por almohada el cráneo, ó calavera de un hombre [...] ningún hombre prudente las llevará a mal”, pues se fundamentan “en que Cristo Señor nuestro desde el primer instante de su concepción, aceptó espontáneamente la muerte, y acerbísima Pasión que le impuso su Eterno Padre, viviendo siempre aparejado para ella, y pensando en ella muchas veces: sabiendo muy bien que con su muerte vencería á la misma muerte y demonio”[

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